Contribuido por el Dr. Kelley Spoerl

Profesor de Teología, St. Anselm College

Elisabeth Leseur es una de las pocas escritoras espirituales cristianas católicas inusuales, no solo por ser una feliz mujer casada dedicada a una vida ordinaria doméstica, definida por las responsabilidades del hogar y la familia, sino también por haber dejado una rica colección de escritos en los cuales ella habla de sus esfuerzos de ser, como siempre rezaba, “una cristiana y apóstol” en ese contexto. Rara es la espiritualidad diaria en el cual la persona habla tan cálidamente de un amado esposo como “el que amo”, “el que amo más que a nada en este mundo” – pero también de las tensiones, frustraciones, y decepciones de la vida real que acosan inclusive a los matrimonios mejor constituidos. Esto es solo una de las muchas razones por la cual el ejemplo y los escritos de Elisabeth fueron tan valiosos en la iglesia del siglo veinte y lo continúan siendo en el siglo veintiuno. Proporcionan una prueba vivida de cuan efectivo es el sacramento del matrimonio como un camino de santificación personal para el conyugue creyente y también una arena de evangelización – que en el caso de Félix Leseur fue espectacularmente exitoso.

Existen otros aspectos de los pensamientos de Elisabeth que hablan a la necesidad de nuestros tiempos. Alentada por su director espiritual dominico (miembro de una orden devota a enseñar y predicar desde que fue fundada en el siglo trece), Elisabeth tomo la llamada enserio, presente en la iglesia del final del siglo diecinueve y principios del siglo veinte, de abrazar el apostolado laico, el deber de dar testimonio de su fe cristiana católica en su hogar y a través del servicio a su comunidad. Elisabeth experimento dificultades en sus esfuerzos en este dominio por la indiferencia y hostilidad ella recibía de Félix y otros miembros de su círculo social hacia sus creencias religiosas. Algunos (Como Félix) eran ateos; otros protestantes liberales; otros judíos seculares. Muchos eran altamente educados y bien informados sobre los nuevos desarrollos en la vida intelectual de Europa en el siglo diecinueve, que alimentó hostilidad hacia el cristianismo tradicional. Algunos de estos movimientos incluyeron el comunismo Marxista, socialismo, racionalismo científico, y anti-clericalismo. Este contexto imprimió en Elisabeth dos imperativos si ella era de ser un apóstol cristiano efectivo. Primero, ella determinó que tenía que esta tan bien informada sobre la doctrina católica y la enseñanza actual de la iglesia, para poder contestar cualquier pregunta otros pudiesen tener sobre la fe o corregir malentendidos que ella pudiese haber encontrado en conversaciones con amigos. Prueba de su profundidad de sus esfuerzos en este respecto se encuentra en la gran lista de libros que están adjuntos al volumen La Vie Spirituelle (La vida espiritual). Segundo, Elisabeth destacó la necesidad de la tolerancia y los sinceros esfuerzos de entender las convicciones de aquellos con fe distinta o sin fe. A pesar de su gran amor por la verdad católica, Elisabeth rechazo fanatismos en cualquier forma en expresar sus creencias religiosas y enfatizó la necesidad en conversaciones de asumir la buena voluntad e integridad de aquellos que no la compartían.

Vivía el lema “No aceptar todo, sino entender todo; no aprobar todo, pero perdonar todo; no adoptar todo, pero buscar el grano de verdad que está contenido en todo. No repudiar ninguna idea ni buena voluntad, así sea torpe o débil. Amar a las almas, como Cristo las amó….” (Pensamientos diarios en el diario). La discreción y delicadeza, también, eran valores que Elisabeth pensaba esencial para su apostolado domestico: esperar el momento adecuado para hablar gentilmente sobre su fe y lo que había hecho para sostenerla en los momentos difíciles de su vida. El intelecto y las virtudes morales de Elisabeth en este sentido eran unas que muchos pueden practicar con mucho fruto, quienes buscan dar el ejemplo en el hogar, en el trabajo, o en sus comunidades en sociedades cada vez más pluralistas.

Influenciada nuevamente por su director espiritual – aunque manteniéndose en línea con la tradición cristiana, que se puede trazar hasta los tiempos del nuevo testamento – El apostolado de Elisabeth era

bien fundado en la práctica de la oración y participación sacramental. Rezaba el rosario, decía novenas, iba a misa todos los domingos y cuando podía durante la semana. Reservaba tiempo todas las mañanas para lectura espiritual y meditaciones, y mantenía un diario espiritual. Esto es quizás alentador para aquellos de nosotros que nos encontramos en situaciones domesticas similares luchando en encontrar el balance múltiples obligaciones personales, profesionales y de voluntariado. Elisabeth admite que a veces se distraía y fallaba en mantener su itinerario auto-impuesto, o tenía que substituir sus obras de caridad por servicio a la familia, como cuando su hermana Juliette estaba muriendo de tuberculosis. Sin embargo, una vez que pasó por su conversión en su vida de adulta, Elisabeth se mantuvo fiel a un continuo esfuerzo en ser no solo una católica bien informada, sino también una católica devota. El ascetismo, la practica cristiana de negarse a uno mismo desempeñada para promover el crecimiento espiritual, también tenía lugar en la práctica espiritual de Elisabeth, a pesar de su ubicación social como una mujer casada de clase media-alta viviendo en circunstancias cómodas en una Paris Belle-Epoque. Ella no usaba una camisa de cilicios o se abstenía con pan y agua como los antiguos monjes del desierto lo hacían. En vez de eso ella practicaba el ascetismo al aceptar con paciencia y buena disposición los retos grandes y pequeños que la vida diaria le presentaba – Ejemplos de esto son: su falta de infancia, la enfermedad de Juliette y su muerte, y la oposición de Félix a su práctica del catolicismo, la gran cantidad de fiestas de cena que a Félix le gustaba hacer para sus elegantes amigos, los arreglos para los ríos de gente en su casa de verano, manejar la casa y su personal, y atender las necesidades de su grande familia. En vez de quejarse de su mala salud, Elisabeth hizo luz de ella mientras escuchaba por horas los problemas del resto. Una vez escribió, “El silencio a veces es un acto de energía, y reír también” (Pensamientos diarios del Diario), refiriéndose a las veces en que ella había querido expresar su propio dolor, pero escogiendo no hacerlo por el bien del resto. En su práctica de ascetismo en el contexto doméstico, en los cuales los esfuerzos de vencerse a sí mismo se encuentran escondidos del mundo exterior pero no menos efectivo con el pasar del tiempo, Elisabeth personifica la espiritualidad del gran doctor de la iglesia San Francisco de Sales (1567-1622), cuyas obras escritas ella tenía en su biblioteca personal. De Sales escribió el clásico Introducción a la Vida Devota para una audiencia especifica laica para convencer a sus lectores que el hombre y la mujer pueden alcanzar verdadera santidad inclusive en medio de las obligaciones ordinarias del trabajo y la familia. La oración y el sacrifico personal se mantienen centrales en la espiritualidad salesiana, pero en distintas formas conformadas por las muchas veces impredecibles demandas de la vida laica. En el tiempo de Elisabeth, el pequeño camino de Santa Teresita de Liseux representa una influencia desarrollada por la espiritualidad salesiana. A pesar de que la Pequeña Flor no fue canonizada hasta mediados de los años 1920-1930, sabemos que Elisabeth le tenía devoción a ella y le hacía oraciones especiales antes de su cirugía de cáncer de mama en 1911. Por ende, los escritos de Elisabeth y su diario, en particular, fueron muy probablemente influenciados por la espiritualidad de Santa Teresita y estos escritos sirvieron como un conducto para su difusión en los años 20 y 30.

En este respecto, podemos decir que la espiritualidad de la Pequeña Flor paso del marco del convento Carmelita de Liseux a un plano laico en el apartamento de Elisabeth en Paris, siguiendo un camino que en algunas maneras es opuesto a lo que se ve en la escuela salesiana, en la cual una espiritualidad articulada para una audiencia laica fue incorporada en forma institucional en la orden religiosa de la visitación de Santa María fundado por San Francisco (Con la colaboración de Santa Joana de Chantal) en 1610. Quizás vemos el mismo camino en la vida de Félix Leseur – convertido por el luminoso testigo de su esposa en su propio hogar, su cometido cristiano eventualmente tomo la forma de una vocación monástica y sacerdotal. Lo que estas continuidades sugieren es que la espiritualidad de San Francisco de Sales, Teresita de Liseux y Elisabeth Leseur son de valor perenne para todos los cristianos católicos, así sea en el ámbito laico o en la vida religiosa con votos, y merece ser estudiada y emulada por todos los que quieren ser católicos cristianos fieles hoy en día.